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El vicepresidente Joe Biden acerca de la Batalla por el Alma de Nuestra Nación en Burlington, Iowa

Las palabras de un presidente importan.

Pueden mover los mercados. Pueden enviar a nuestros hombres y mujeres valientes a la guerra. Pueden traer la paz. Pueden calmar a una nación en disturbio. Pueden consolar y aliviar en tiempos de tragedia. Pueden inspirarnos para llegar a la luna. Pueden apelar a las mejores bondades de nuestra naturaleza.

Y pueden desatar las fuerzas más profundas y oscuras de esta nación. Eso es lo que Donald Trump ha elegido hacer.

Cuando dijo después de Charlottesville que había, y cito, “gente muy buena en ambos lados”, dio licencia y refugio a los supremacistas blancos, los neonazis y el KKK, para el odio.

Esas palabras sorprendieron a la nación y conmocionaron al mundo.

Al hacerlo, asignó una equivalencia moral entre aquellos que arrojaban odio y aquellos con la valentía de enfrentarse a él. Dije en ese momento que estábamos en una batalla por el alma de esta nación. Lo dije nuevamente cuando anuncié mi candidatura. Y lo digo aquí hoy.

Estamos en una batalla por el alma de esta nación. Es por eso que me postulo para presidente.

Charlottesville no fue un incidente aislado. Trump anunció que se postulaba para presidente llamando a los mexicanos “violadores”.

Días antes de las elecciones de mitad de término, fomentó los temores de que una caravana se dirigía a los Estados Unidos, creando histeria, diciendo “miren lo que marcha de camino, eso es una invasión, una invasión”.

Afirmó que los inmigrantes “te cortarían con un cuchillo”.

Más recientemente, llamó a un importante centro urbano estadounidense un “desastre desagradable infestado de ratas y roedores” en el que “ningún ser humano” elegiría vivir, como si los residentes de la comunidad diversa y vibrante alrededor de Baltimore fueran de alguna manera menos que humanos.

En un mitin en Florida, cuando le preguntó a una multitud: “¿Cómo detenemos a estas personas?” – entiéndase a los inmigrantes – alguien respondió: “Dispárales”. Él sonrió.

En Carolina del Norte, se regodeaba en los cánticos de “Send Her Back” que resonaban en un estadio.

¿Cuán lejos está Trump diciendo que esto “es una invasión”… del tirador en El Paso declarando que “este ataque es una respuesta a la invasión hispana de Texas”?

No lejos del todo.

¿Cuán lejos está –de los supremacistas blancos y los neonazis en Charlottesville – la “gente muy buena” de Trump – cantando “no nos van a reemplazar”… al tirador en la sinagoga Tree of Life en Pittsburgh diciendo que los judíos “estaban cometiendo genocidio a su gente”?

No lejos del todo.

Tanto en lenguaje claro como en código, este presidente ha avivado las llamas de la supremacía blanca en esta nación. Sus pronunciación de baja energía y ojos vacíos de las palabras escritas para él, condenando a los supremacistas blancos esta semana, no engañaron a nadie.

El abrazo enérgico de este presidente a los corazones más oscuros, las mentes más llenas de odio en este país lo dice todo.

El nacionalista blanco Richard Spencer celebró la elección de Trump al declarar “Salve Trump” en una conferencia de extrema derecha que vio saludos nazis.

En Charlottesville, David Duke, el ex líder del KKK, dijo “es por eso que votamos por Donald Trump porque dijo que va a recuperar a nuestro país”.

Después de que Trump tuiteó su doctrina “Go Back”, se iluminó un portal web neonazi que decía: “Este es el tipo de nacionalismo blanco para el cual lo elegimos”.

Y en 8chan, un cenobio para el radicalismo en Internet, donde se publicó un mensaje de odio dedicado al tirador de El Paso, un comentarista escribió que Trump está ayudando a normalizar sus sentimientos raciales más extremos porque su “autoridad percibida” tiene mucho peso.

Tenemos un problema con la creciente ola de supremacía blanca en Estados Unidos. Y tenemos a un presidente quien lo alienta y lo envalentona.

Las estadísticas son claras. El extremismo está en aumento en Estados Unidos.

El Southern Poverty Law Center encuentra que 1,020 grupos de odio estaban operando en los Estados Unidos en el año 2018, con un aumento de los grupos nacionalistas blancos en un 50%.

Desde 2017, los tiradores activos vinculados al extremismo blanco han cobrado 135 víctimas, matando a 70.

Según la Liga Anti-Difamación, todos menos uno de los 50 asesinatos vinculados a extremistas contados en 2018, tenían vínculos directos con los supremacistas blancos.

El Director del FBI testificó recientemente ante el Congreso que los grupos de extrema derecha, los nacionalistas blancos, representan la mayor amenaza de terrorismo internopor motivos raciales.

¿Y qué ha hecho Trump? Vierte combustible sobre el fuego.

Ha retuiteado publicaciones de extremistas y nacionalistas blancos.

Ha cortado los fondos – y en algunos casos eliminado por completo – las iniciativas que implementamos en la administración Obama-Biden para contrarrestar al extremismo violento en el país.

Trump ataca fácilmente – y con entusiasmo – al “terrorismo islámico radical”. Pero apenas puede decir las palabras “supremacía blanca”.

E incluso cuando lo dice, no parece creerlo. Parece más preocupado por perder sus votos que por rechazar su ideología de odio.

Él dice que las armas no son el problema en estos tiroteos masivos: el problema es la salud mental. Es una esquiva. El odio no es un problema de salud mental.

Y puedo decirles, como la persona que junto con Dianne Feinstein, prohibió las armas de ataque y los cargadores de balas de alta capacidad en este país durante diez años, si soy electo presidente, nos aseguraremos de que las armas de ataque y los cargadores de balas de alta capacidad sean prohibido de nuevo.

Y cuando lo hagamos, implementaremos un programa de recompra para sacar la mayor cantidad posible de estas armas de guerra, de las calles.

Necesitamos una ley federal de terrorismo interno. Podemos hacerlo sin infringir la libertad de expresión de las personas y sin atropellar las libertades civiles.

En pocas palabras, tenemos que hacer el mismo compromiso como nación, para erradicar al terrorismo interno que tenemos – para detener al terrorismo internacional.

Desearía poder decir que este odio comenzó con Donald Trump y que terminará con él. Pero no fue así y no lo será. La historia estadounidense no es un cuento de hadas.

La batalla por el alma de esta nación ha sido un empujón y halón constante durante 243 años entre el ideal estadounidense de que todos somos creados iguales y la dura realidad de que el racismo nos ha desgarrado durante mucho tiempo.

El mismo documento que prometió “asegurar las bendiciones de la libertad para nosotros y nuestra posteridad” también permitió la esclavitud e incluyó al llamado “Compromiso de los Tres Quintos (3/5)”, que descontaba la humanidad de los negros en Estados Unidos.

La verdad honesta es que ambos elementos son parte del carácter estadounidense. En nuestro mejor momento, el ideal estadounidense gana. Pero nunca es una derrota. Siempre es una lucha. Y la batalla nunca termina.

Recordemos los comienzos. Thomas Jefferson escribió lo que muchos creen es el documento más importante en la historia humana. Pero también era un esclavista.

Nunca hemos estado a la altura de nuestros ideales estadounidenses. Jefferson mismo no lo hizo. Pero lo que escribió nos ha llevado hacia la justicia durante más de dos siglos.

Todavía lo hace, lo que escribió sigue siendo la Estrella del Norte de esta nación.

O echemos un vistazo al Klan. Después de la Guerra Civil, vimos el surgimiento del Klan: fue derribado solo para levantarse nuevamente en la década de 1920. De hecho, en agosto de 1925, 30,000 integrantes (Klansman) con sus uniformes marcharon por las calles de Washington.

Imaginen eso hoy. Y luego el Klan fue derrotado nuevamente. ¿Cómo? Los tribunales, la prensa y, sí, los presidentes se opusieron a ellos, y ese es el punto.

Nuestras instituciones, a menudo imperfectamente, se opusieron a este odio. En los momentos en que más hemos sido puestos a prueba, los presidentes estadounidenses han dado un paso al frente.

El presidente George HW Bush renunció a su membresía en la NRA. El presidente Clinton después de Oklahoma City. El presidente George W. Bush llendo a una mezquita poco después del 11 de septiembre. El presidente Obama después de Charleston.

Los presidentes que lideraron, que se opusieron al odio, optaron por luchar por lo mejor del carácter estadounidense.

Lamentablemente, no tenemos eso hoy. Nuestro presidente se ha alineado con las fuerzas más oscuras de esta nación. Y eso hace que ganar esta batalla, por el alma de nuestra nación, sea mucho más difícil.

Trump no entiende lo que hizo Franklin Roosevelt. FDR dijo, la presidencia es “Preeminentemente un lugar de liderazgo moral”. Trump no ve lo que hizo JFK: “solo el presidente representa el interés nacional”.

Está ciego a lo que LBJ dijo del cargo: “Nada hace que un hombre se enfrente más directamente a su conciencia que la presidencia”.

Trump no ofrece liderazgo moral ni interés en unificar a la nación. No hay evidencia de que la presidencia haya despertado su conciencia en lo más mínimo.

En cambio, tenemos un presidente con una lengua tóxica que públicamente y sin pedir disculpas, ha abrazado una estrategia política de odio – racismo – y división.

Entonces depende de nosotros. Estamos viviendo un momento atípico en la historia de esta nación. Donde nuestro presidente no está a la altura del momento. Donde nuestro presidente carece de la autoridad moral para liderar. Donde nuestro presidente tiene más en común con George Wallace que George Washington.

Somos casi 330 millones de estadounidenses que tienen que hacer lo que nuestro presidente no puede hacer. Permanecer unidos. Estar unidos contra el odio. Defender unidos lo que, en nuestro mejor momento, cree esta nación.

Creemos en la honestidad. La decencia. Tratar a todos con dignidad y respeto. Dar a todos una oportunidad justa. No dejar a nadie atrás.

No dar un puerto seguro al odio. No demonizar a nadie – ni a los pobres, a las personas que no tienen poder, a los inmigrantes, a los demás. Liderar por el poder de nuestro ejemplo, no el ejemplo de nuestro poder.

Estar de pie como un faro para el mundo. Ser parte de algo más grande que nosotrosmismos.

Es un código. Un código particularmente estadounidense. Es quienes somos.

Pero Trump no lo entiende.

Lo que este presidente no entiende es que, a diferencia de cualquier otra nación en el planeta, no se puede definir a un estadounidense por religión, etnia o tribu.

Estados Unidos es una idea. Es una idea más fuerte que cualquier ejército. Más grande que cualquier océano, más poderoso que cualquier dictador o tirano. Da esperanza a las personas más desesperadas de la tierra.

Y no son solo nuestros valores los que están bajo ataque. Nuestra democracia también lo está.

Una prensa libre, un poder judicial independiente, una legislatura que es una rama co-igual del gobierno: estas son las barandillas de nuestra democracia. Están escritas en nuestra Constitución. Y cada una de ellas está bajo ataque.

Frases como “noticias falsas”, “enemigo del pueblo”, no son broma. Son insidiosas. Son corrosivas. Solo mira alrededor del mundo. Los peores déspotas ahora están usando el lenguaje de Trump para justificar sus propios abusos de poder.

Trump está tratando de debilitar a nuestras instituciones – la prensa, los tribunales, el Congreso, precisamente porque son un control sobre su poder.

De eso se trata todo esto. El abuso del poder. Y si hay algo que no puedo soportar, es el abuso del poder.

Ya sea que un jefe se aproveche de sus trabajadores, o un hombre que levanta la mano a una mujer o un niño, o un presidente que se está burlando de todo lo que este país representa y cree.

Todos los días se nos recuerda que no hay nada garantizado sobre la democracia. Ni siquiera aquí en Estados Unidos. Tenemos que ganarlo. Tenemos que protegerlo. Tenemos que luchar por ello.

Creo que Estados Unidos es, como nos llamó Lincoln, la “última mejor esperanza de la tierra”. Pero debemos recordar por qué.

No es porque tengamos la economía más grande. No es porque tengamos el ejército más fuerte. No es porque tengamos a los emprendedores más innovadores y las mejores universidades de investigación.

Eso todo es cierto.

Pero esa no es la razón por la cual somos Estados Unidos. La razón, es por lo que creemos.

La idea más poderosa en la historia del mundo late en los corazones de la gente de este país.

Y late en todos nosotros. No importa tu raza o etnia. No importa tu identidad de género u orientación sexual. No importa tu fe. Late en el corazón de ricos y pobres por igual. Une a los estadounidenses: si tus antepasados ​​eran nativos de estas costas o si fueron traídos aquí a la fuerza y ​​esclavizados; si fueron inmigrantes generaciones atrás, como mi familia que vino de Irlanda, o si vienes aquí hoy buscando construir una vida mejor para tu familia.

El credo estadounidense, que todos somos creados iguales, fue escrito hace mucho tiempo. Pero su genio es que cada generación de estadounidenses lo ha abierto cada vez más, para incluir a aquellos que han sido excluidos antes.

Por eso nunca ha acumulado polvo en los libros de historia. Todavía está vivo hoy más de 200 años después de su creación. Pero Donald Trump no lo ve.

El 20 de enero de 2017, en su discurso inaugural, Donald Trump pintó una imagen oscura y sombría de nuestro país en crisis, y declaró “esta carnicería estadounidense se detiene aquí, y se detiene ahora mismo”.

Pero como la ira, el odio y la división del presidente Trump – poniendo a los estadounidenses uno contra otro – aprovechando nuestras divisiones y sin hacer nada – nada – sobre la epidemia de armas de fuego, está alimentando una carnicería estadounidense literal. Ahora tenemos más tiroteos masivos que días en lo que va de este año. Hasta el lunes, según datos del Archivo de Violencia por Armas, han habido 255 tiroteos masivos en 217 días.

No podemos dejar que esto continúe. No podemos, y no lo harenos, permitir que este hombre sea reelecto presidente de los Estados Unidos. Su incompetencia, su amoralidad, su carnicería se detiene con nosotros – aquí y ahora.

Limitado a cuatro años, creo que la historia recordará esta presidencia como un momento aberrante en su momento.

Pero si Donald Trump es reelecto, alterará para siempre y fundamentalmente el carácter de esta nación.

Si le damos a Donald Trump cuatro años más, este no será el país previsto por Washington, Adams y Jefferson. Si le damos a Donald Trump cuatro años más, esta no será la nación unida por Lincoln. Si le damos a Donald Trump cuatro años más, esta no será la nación levantada por Roosevelt o inspirada por Kennedy. No seremos la nación que Barack Obama demostró que favorece a la justicia.

El peligro que Donald Trump representa para esta nación no es hipotético ni exagerado. Es real. Los valores centrales de esta nación, nuestra posición en el mundo, nuestra propia democracia, todo lo que ha hecho que Estados Unidos sea Estados Unidos – está en riesgo.

Todos saben quién es Donald Trump. Necesitamos mostrarles quiénes somos. Elegimos la esperanza sobre el miedo. La ciencia sobre la ficción. La unidad sobre la división. Y sí, la verdad sobre las mentiras.

Si nos mantenemos unidos, ganaremos la batalla por el alma de esta nación. Somos los Estados Unidos de Norteamérica. Y no existe una sola cosa que no podamos lograr. Gracias. Y que Dios proteja a nuestras tropas.