Esta noche nuestra nación llora a una heroína estadounidense, una gigante de la doctrina jurídica y una voz implacable en la búsqueda de ese más alto ideal estadounidense: justicia igual bajo la ley.

Ruth Bader Ginsburg nos defendió a todos. Luchó por todos nosotros. Como una joven abogada, perseveró ante todos los desafíos que un sistema desigual puso en su camino, para cambiar las leyes de nuestra tierra y liderar la embestida legal para promover la igualdad de derechos para las mujeres. Fue un honor para mí presidir sus audiencias de confirmación y apoyar firmemente su incorporación a la Corte Suprema. En las décadas posteriores, fue consistente y probadamente la voz que llegó al corazón de cada tema, protegió los derechos constitucionales de todos los estadounidenses y nunca cedió en la feroz e inquebrantable defensa de la libertad. Sus opiniones, y sus disidencias, seguirán dando forma a los fundamentos de nuestro derecho para las generaciones futuras. Que su memoria sea una bendición para todas las personas que aprecian nuestra Constitución y su promesa.

Esta noche, y en los próximos días, deberíamos centrarnos en la pérdida de la jueza Ginsburg y su legado perdurable. Pero para que no haya duda, permítanme ser claro: los votantes deben elegir un presidente, y ese presidente debe seleccionar un sucesor de la jueza Ginsburg. Esta fue la posición que tomó el Senado republicano en 2016, cuando tenían casi nueve meses antes de las elecciones. Esa es la posición que el Senado de los Estados Unidos debe tomar ahora, cuando faltan menos de dos meses para las elecciones. Estamos hablando de la Constitución y de la Corte Suprema. Esa institución no debe estar supeditada a la política.